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OTROCÁCERES

Sobre el proceso de paz en Euskadi

Escrito por E.F.(miembro del Foro Social de Cáceres)


Me pongo a escribir sobre el “proceso de paz” con la precaución de quien entra en un terreno delicado, mientras una voz interior resabiada me avisa: “¿Tu sabes en el charco en el que te vas a meter?”.

 

El caso es que echo de menos poder discutir con alguien el asunto. Me encantaría poder hablarlo, por ejemplo con los/as compas del “Foro...” Así que decido ponerme a escribir en un intento de ordenar las ideas y ver si saco algo en claro.
Sigo con interés lo que los medios nos cuentan sobre el ”alto el fuego permanente” de ETA. Intento crearme mi propia opinión y, sobre todo, tengo muchísimas ganas de que haya paz en Euzkadi.
Me gustaría que ETA y el GOBIERNO hagan las cosas bien y que, en lo que les toque, los diferentes instituciones del Estado, los periodistas y la clase política en general, estén a la altura del reto.
Meses después de que el Parlamento le diera al presidente del gobierno el visto bueno sobre el posible diálogo con ETA, sigo teniendo casi tantas dudas como al principio, menos expectativas y bastante mosqueo.
Algunas de las dudas tienen que ver con la cuestión de las víctimas. Se suele decir, y algunos mediadores en conflictos hablan de ello, que estas cosas salen bien cuando se mezclan con cuidadoso equilibrio prudencia, reserva, realismo y tiempo; cuando las partes no se encastillan en los principios; cuando se dan pasos pequeños que generen confianza mutua; cuando el factor humano genera dinámicas que contribuyen a limar los posicionamientos ideológicos.
La pregunta es si todo eso que podríamos resumir, como pragmatismo, puede ir de la mano de la perspectiva moral que subyace en el discurso de las víctimas cuando reivindican memoria y dignidad.
La pregunta, la duda, puede ser pertinente porque una de las diferencias más importantes entre esta tregua y las anteriores, entre Zapatero hoy y Aznar o González antes, es que hoy las víctimas se han hecho presentes, configurando como movimiento un nuevo sujeto social, con una gran capacidad de influencia.
Buscando respuestas me acerco a quienes puedan ayudarme a ver algo y cuyos puntos de vista me resulten convincentes.
Los trabajos y las reflexiones del investigador social y filósofo Reyes Mate sobre la cuestión de la memoria y las víctimas vienen de lejos. Dedicado a bucear en la dimensión filosófico–moral y en las consecuencias sociales y políticas de los campos de exterminio y del Holocausto, ha tratado también en artículos en prensa la cuestión de las víctimas en nuestro país y, específicamente, las de ETA. Al respecto es claro: “... Lo que su sola presencia (la de las víctimas) nos dice es, por un lado, que son sujetos de un daño personal irreparable y, por otro, que se les ha ofendido... en su dignidad de ciudadanos. La respuesta política al daño personal consistirá en aliviarlo con ayudas... Más compleja es la respuesta política a su dañada existencia ciudadana. Recordemos que el terrorista cuando mata o amenaza está diciendo que las víctimas sobran en la sociedad que ellos preparan. Al quitarles de en medio lo que consiguen es empobrecer a la sociedad real y escindirla en dos. La empobrecen al eliminar por superfluo al que piensa diferente. Y también la parten por la mitad: de un lado los que matan y los que callan...; del otro, las víctimas y quienes con ellas defienden su ser ciudadano... La respuesta política en caso de que dejen la violencia... tiene que hacerse cargo de esa sociedad empobrecida y dividida. Y eso significa plantear un proceso de reconciliación que pasa, de entrada, por el necesario arrepentimiento público de los victimarios y por el facultativo perdón de las víctimas...” (“La política de las víctimas”. El Periódico de Extremadura. Domingo 19 de Marzo del 2006).
Adriana Faranda es una italiana ex dirigente de las Brigadas Rojas. Me interesa su planteamiento porque surge desde dentro de una organización terrorista y, por lo tanto, por su condición de victimaria. Cuenta su experiencia en el libro de próxima aparición “El vuelo de la mariposa”. Desde la prisión fue una de las creadoras del movimiento de “disociación” del terrorismo, una idea que, enfrentada a las de los “irreductibles”, se extendió por las cárceles y que, diferente a la figura de los “arrepentidos” (los “disociados” no cooperaban en los sumarios) contribuyó a deslegitimar la “lucha armada”. Cuando salió de la cárcel tuvo contactos con sus víctimas gracias a la intermediación de algunas personas relacionadas con la Iglesia, comprometidas con la reconciliación.
En una entrevista para El País el 26 de noviembre del 2006 afirmaba que “pedir perdón a las víctimas sería una nueva forma de violencia: ponerles ante el dilema de perdonar o no perdonar añadiría dolor al dolor. Tampoco se puede resarcir. Pero quizá se puede contribuir a serenar. Nos acercábamos a esas personas porque pensábamos que para ellas podía suponer un desahogo. Podían echarnos en cara su propio dolor... Recuerdo todos los encuentros con las víctimas como intensos y muy conmovedores. Quienes no se sentían con ánimos de vernos, obviamente, rehusaron el encuentro”.
A continuación el periodista le pregunta: “¿Qué sacaron ustedes de este gesto?”, a lo que ella contesta: “Nos ayudó. Nos reforzó en nuestra convicción de eliminar la violencia. Y nos dio esperanza para salir adelante sin que nos aplastara el peso de todo lo que habíamos echo”.
Más adelante dice: “cuando recuperé la facultad de comprar y vender, como algunas de las familias de las víctimas sufrían dificultades porque el Estado no había pagado aún las indemnizaciones... vendí la casa y repartí lo que obtuve entre ellas...”
En un momento de la entrevista ante otra pregunta del periodista sabremos que los ex terroristas que se reunieron con sus víctimas fueron “unos seis o siete”...
Lo que cuenta Adriana Faranda sucede en la Italia de los años 80. Si la “disociación” fue un movimiento importante que acabó tomando cuerpo jurídico, en cambio, el frente a frente ante las víctimas fue una cuestión personal.
En diferentes lugares del mundo se han ido consolidando las “Comisiones de la verdad” en base al modelo surafricano. Me pregunto si este podría ser el caso para el País Vasco pero, viendo lo que les está costando asumir las legítimas reivindicaciones de las victimas del franquismo a un sector importante de los partidos políticos y de los jueces, y el empeño en sacralizar y momificar el “modelo de transición”, me parece que un planteamiento de “Comisión de la verdad” o algún tipo de institución similar es un sueño muy lejano.
El optimismo no aumenta ante las escenas vistas por TV., cuando los verdugos acuden a juicio en presencia de sus víctimas. Sin embargo, creo que una paz fructífera debería pasar por el echo de que, en un momento dado, ETA, de una u otra forma, asuma y reconozca el mal producido a las víctimas y a la sociedad. Se miran mucho en el IRA. Habrá que ver cómo evolucionan las cosas en Irlanda en ese aspecto.
No contribuye al optimismo la práctica de alguna asociación de víctimas adscrita a la bronca política y que, además, incorpora a sus peticiones querer “saber toda la verdad” sobre el 11-M, alineándose así con la delirante relación ETA–Islamismo que sostienen el Partido Popular y sus hooligans.
En medio del ruido y la confusión hay actitudes que, por el contrario, arrojan luz: Eduardo Medina (El País. 10 de diciembre de 2006): “No he querido poner mi condición de víctima al servicio de mis tesis políticas. No quiero en ningún caso que mis testimonios tengan más peso que los de alguien que no es víctima del terrorismo. Ser víctima no me parece un valor añadido a la hora de tener razón. Es verdad que soy una víctima de ETA. Y he querido dejar todo esto muy claro en mi interior para que no sea ETA – o lo que ETA fabricó en mi el 19 de febrero de 2002 – la que decida mis perspectivas, ponga mis filtros, genere mis críticas y construya mis pensamientos políticos, mis iniciativas, mis reflexiones...”
Esta y otras opiniones me aclaran algunos interrogantes y me ayudan a ver por donde va el hilo que pueda conducir a una paz verdadera. En lo que a las víctimas se refiere, es indudable la legitimidad que tienen para pedir que se les tenga en cuenta, que lo que el Gobierno negocie no implique que ETA gane en la mesa lo que no ha conseguido matando. Hasta ahí. Por lo demás, ¿están legitimados, como movimiento, para determinar el guión del proceso?. Con todo, creo que eso no es lo esencial. Lo verdaderamente importante, en orden a la reconciliación, es si, en el otro lado, existen, reflexiones del calado de la de Eduardo Medina aunque a la inversa; autocríticas como la de Adriana Faranda; libertad para expresarlas.
Se que toda esta dinámica victima / victimario debe sonar a música celestial, a ingenuidad absoluta. Si repasamos lo que ha sucedido en lo últimos meses, resulta desolador las decisiones de algunos jueces; la estrategia del PP; lo que dicen algunos medios; ver cómo ETA ha vuelto a encender las calles o que, en paralelo, Batasuna vuelva a hacer declaraciones públicas marcando como a-priori la “territorialidad” y el “derecho a decidir”; no porque no sea legítimo, si no porque, en pro del entendimiento, parecía que eso se dejaba para otra fase del diálogo y, además, para ser discutido con las otras fuerza políticas. Es desolador comprobar, en resumen, cómo unos y otros vuelven a las trincheras.
¿Y el Gobierno? ¿Qué hace el Gobierno además de mirar a su derecha? Necesitaríamos que ya mismo saliera Zapatero a la palestra, en el Parlamento o en una comparecencia específica y explicara dónde estamos en este momento si es que el proceso está en algún punto diferente al de antes del verano. Y si no, también. ¿Por qué se deja ganar en el terreno de la opinión pública?
Está claro que según la paz que se promueva, la reconciliación será o no posible. Pero la realidad es que no estamos ahí. Todo conduce a pensar que ni siquiera están puestas las bases para sentarse a hablar, que los requisitos previos, los procedimientos, etc. o no se han pactado o alguien los ha incumplido. ¿Quienes tienen capacidad para desbloquear la situación, si no es que se ha llegado ya a un punto sin retorno?: volvemos a la casilla de salida: El Gobierno y ETA.
Retomando uno de los interrogantes del principio: me gustaría creer en la compatibilidad entre el pragmatismo en la elaboración del guión general, en el desarrollo de medidas de confianza, en el manejo de los tiempos, etc. y el trasfondo ético que debería iluminar en todo momento el proceso. Pero no estoy seguro. Ahora bien, es de sentido común que se hacen necesarias medidas de distensión. Los principios son importantes pero ¿se pueden convertir en barricadas?
No se por qué, pero esta vez mucha gente sí tuvimos la sensación de que ETA iba en serio. Más por necesidad que por virtud; pero que esta vez era la buena, aún a sabiendas de que son muchos años de autismo político: el 11-M pesa mucho.
Un periodista de un diario vasco decía hace unos días en una tertulia que en las asambleas (de Batasuna creí entender) los que defienden la tregua se acaban levantando y se van. Para que esos sectores tengan bazas sobre los irreductibles, el gobierno debería dar pasos.
¿Qué saca, qué sacamos, con la letanía de “el cumplimiento de la Ley”?. Según qué leyes ¿por qué no cambiarlas? El gobierno tiene mayoría en el parlamento con apoyos a su izquierda. La opinión pública es mayoritaria aquí y en el País Vasco a favor del proceso. Que Zapatero salga, que lo explique y que la mayoría anule o modifique la “Ley de Partidos...” que está en el inicio de la ilegalización de Batasuna. Es una ley que ya ha cumplido su ciclo y que, ahora, probablemente entorpece más que ayuda. Hay que dar cancha política a Batasuna o darle la posibilidad de que se refunde con otro nombre. Ahora mismo, pedirle que “condene la violencia” es pedir peras al olmo. Poner todo el empeño en ese a-priori no es funcional, sobre todo porque, entre tanto, se han producido hostigamientos hacia sus líderes que sólo cabe interpretar como voluntad obstaculizar los primeros pasos del proceso. En ese tema, en concreto, hay jueces con diferentes posturas. Por algo será.
En la misma dirección iría la necesidad de mover las cárceles. Qué impide a muchos presos poder cumplir condena en su tierra; debe haber casos a los que, con la ley en la mano, les pueda corresponder el tercer grado; sospecho que habrá muchas condiciones aliviables por motivos de enfermedad física y psíquica. Hay presos que deberían estar en la calle. No hace ni un mes, un juez ha manifestado en la prensa su opinión sobre el tema a raíz del caso de Juana Chaos o como se llame. Al terrorista, especialmente a algún terrorista, se le podrá considerar un “monstruo” pero el Derecho no entiende de monstruos, juzga conductas y, si en función del código penal elegido, alguien ha cumplido la condena no pueden buscarse subterfugios para que siga en prisión. Tiene que ser muy duro, especialmente para las víctimas, verles en la calle, pero ni a los jueces ni al gobierno se les puede acusar de traición, de abandono, si las decisiones se atienen a la Ley. Es función del Gobierno hacérnoslo comprender.
Por su parte, ETA sabe que no hay salida. Sufrimiento y muerte; generaciones educadas en el militarismo, el dogmatismo y la paranoia; odio... ¿Que futuro se construye con eso? Volver a tomar las armas es una huida hacia ningún lado. El Gobierno necesita apoyos para que la sociedad vea que se hacen progresos. ETA puede desactivar la lucha callejera.
Batasuna tiene que recapacitar: la existencia de ETA como garante armado de su proyecto político, además de ser un chantaje inaceptable condiciona y bloquea un potencial de energía muy grande. Hay que liberar ese potencial. Hay sectores de la izquierda abertzale, del resto de la izquierda que no se siente nacionalista, de los movimientos sociales que, comprometidos con las vías democráticas y no violentas, hacen de Euzkadi uno de los laboratorios más interesantes de las luchas sociales. Un montón de gente ilusionada con que paren de una puñetera vez. No pueden volver a decepcionar. Hay un ingente campo de acción y seguro que espacio para las alianzas.
El Gobierno tiene margen de movimiento. Si tiene voluntad política y asume riesgos. Aunque al final el proceso fracasara, si se ha puesto todo el empeño, no está tan claro que la opinión pública le diera la espalda. Entre otros motivos porque no todo empieza y acaba en el “proceso de paz”.

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